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Posts by Francisco Molina

Si en vez de gastaros el dinero en la estafa esa, me lo dais a mí, os hago un par de dibujitos majos de lo que queráis y os los envío a casa por correo certificado.

4 hours ago 5 0 0 0
The Price of Freedom - Final Fantasy VII Crisis Core
The Price of Freedom - Final Fantasy VII Crisis Core YouTube video by H-Espaces

Ay.

www.youtube.com/watch?v=Js5w...

4 hours ago 0 0 0 0

Esto está CASI terminado, le quedan un par de viñetas y poner los textos.

5 hours ago 5 0 0 0

Ayer me lo pasé muy bien con esto (y me recordó un poco por qué me hice traductor, después de una temporada larga replanteándome cosas).

5 hours ago 3 0 0 0

Hasta donde yo sé, la única novela de esta serie que ha salido en España es John muere al final (la publicó @valdemar.com hace unos años). Si el prólogo de What The Hell Did I Just Read os ha llamado la atención, os recomiendo que la pilléis porque es divertidísima.

17 hours ago 1 1 0 0
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What the Hell Did I Just Read From the writer of the cult sensation John Dies at the End comes another terrifying and hilarious tale of almost Armageddon at the hands of two hopeless heroes. It's the story "They" don't want you to...

Aunque tengo mogollón de experiencia como traductor de videojuegos, nunca he traducido novelas, por lo que espero que os guste y agradeceré todas las críticas que me hagáis.

Si tenéis curiosidad por ver el texto original, lo tenéis en Google Libros: books.google.es/books?id=zks...

17 hours ago 1 1 1 0
¿QUÉ COJONES ACABO DE LEER?
de Jason Pargin


«¿Quieres oír una historia? Bueno, pues apriétate los machos».

Prólogo

Llovía como si no fuéramos más que un cagarro de pájaro que Dios estuviera intentando limpiar a manguerazos. Los tres íbamos a toda leche bajo el diluvio en un Saturn Coup de 1996, conmigo al volante.
	Miré por el retrovisor, entrecerrando los ojos borracho, e intenté localizar sin éxito la furgoneta negra que nos perseguía, aunque no estaba muy seguro de si sus conductores necesitaban faros para ver, o si tenían ojos si quiera. Tampoco estaba seguro de que fuera una furgoneta, o de que fuera negra, o de si nos perseguían. Estaba lloviendo, eso sí.
	John, mi colega, estaba en el asiento del copiloto y el único motivo por el que no conducía era porque, además de ir tan pedo como yo, estaba herido y llevaba las dos manos envueltas en la camiseta que había hecho pedazos para usar como vendaje. El daño no lo habían provocado nuestros perseguidores, al menos no directamente: se había quemado agarrando una olla de fondue llena de chocolate fundido en la que habíamos estado mojando tiras de pollo frito (en serio, tienes que probarlo). Mi novia Amy iba en el asiento trasero. No conducía porque no sabía hacerlo, pero al parecer sí tenía suficiente experiencia para juzgar mis habilidades y me gritaba que mantuviese la vista en la carretera, que tuviera cuidado con esa curva y que «Ay, Dios, nos vamos a matar».
	Amy sujetaba con la mano derecha (su única mano) un recipiente pequeño de metal gris del tamaño de un vaso de chupito. Aquello era lo que buscaban los ocupantes de la furgoneta, algo que tuve claro desde el momento en el que habían irrumpido en la sala de estar de John hacía diez minutos.

¿QUÉ COJONES ACABO DE LEER? de Jason Pargin «¿Quieres oír una historia? Bueno, pues apriétate los machos». Prólogo Llovía como si no fuéramos más que un cagarro de pájaro que Dios estuviera intentando limpiar a manguerazos. Los tres íbamos a toda leche bajo el diluvio en un Saturn Coup de 1996, conmigo al volante. Miré por el retrovisor, entrecerrando los ojos borracho, e intenté localizar sin éxito la furgoneta negra que nos perseguía, aunque no estaba muy seguro de si sus conductores necesitaban faros para ver, o si tenían ojos si quiera. Tampoco estaba seguro de que fuera una furgoneta, o de que fuera negra, o de si nos perseguían. Estaba lloviendo, eso sí. John, mi colega, estaba en el asiento del copiloto y el único motivo por el que no conducía era porque, además de ir tan pedo como yo, estaba herido y llevaba las dos manos envueltas en la camiseta que había hecho pedazos para usar como vendaje. El daño no lo habían provocado nuestros perseguidores, al menos no directamente: se había quemado agarrando una olla de fondue llena de chocolate fundido en la que habíamos estado mojando tiras de pollo frito (en serio, tienes que probarlo). Mi novia Amy iba en el asiento trasero. No conducía porque no sabía hacerlo, pero al parecer sí tenía suficiente experiencia para juzgar mis habilidades y me gritaba que mantuviese la vista en la carretera, que tuviera cuidado con esa curva y que «Ay, Dios, nos vamos a matar». Amy sujetaba con la mano derecha (su única mano) un recipiente pequeño de metal gris del tamaño de un vaso de chupito. Aquello era lo que buscaban los ocupantes de la furgoneta, algo que tuve claro desde el momento en el que habían irrumpido en la sala de estar de John hacía diez minutos.

Estábamos a la nuestra, sin meternos con nadie, comiendo nuestro pollo chocolateado y en plena noche de pelis temáticas (habíamos elegido cuatro películas en las que el final era, probablemente, una alucinación del protagonista moribundo: Taxi Driver, Minority Report, Cadena perpetua y Señora Doubtfire), cuando de repente, media docena de hombres (¿?) entraron en tromba por la puerta principal enfundados en túnicas negras y lo que parecían máscaras de goma de Halloween (caras mustias e inexpresivas con los ojos torcidos y sin vida). El líder llevaba una máscara de bebé mofletudo y empuñaba un arma que parecía un Toblerone enorme (una hilera de pirámides negras conectada a unos cables que desaparecían en el interior de su túnica). El diminuto yorkshire terrier de John ladraba como si le fuera la vida en ello, seguramente para pedirles a los intrusos que se lo llevaran a una casa mejor.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?! —gritó el «hombre» de la pistola Toblerone con una voz que sonaba como si una araña hubiese aprendido a imitar voces humanas con un cursillo en línea.
No nos hizo falta preguntarle a qué se refería. La casa de John es mi sitio favorito del mundo, pero no tiene nada que no puedas encontrar en un viaje rápido a Target o en el rastrillo improvisado de un vendedor de meta. No, habían venido a por el pequeño vial de acero con arañazos que ahora sostenía Amy en la mano.
	Ni de coña se lo iban a llevar.
	Así que John agarró la olla de fondue y le tiró el contenido al tío de la voz de araña, salpicando con el doloroso pringue caliente y marrón a todos los presentes. Amy agarró el vial de su escondite (a plena vista, en la encimera de la cocina, junto a una cachimba con forma de trofeo de triatlón) y salimos corriendo por la puerta de atrás hacia la tormenta. Nos metimos en mi coche, pisé el acelerador y aquí estábamos.

Estábamos a la nuestra, sin meternos con nadie, comiendo nuestro pollo chocolateado y en plena noche de pelis temáticas (habíamos elegido cuatro películas en las que el final era, probablemente, una alucinación del protagonista moribundo: Taxi Driver, Minority Report, Cadena perpetua y Señora Doubtfire), cuando de repente, media docena de hombres (¿?) entraron en tromba por la puerta principal enfundados en túnicas negras y lo que parecían máscaras de goma de Halloween (caras mustias e inexpresivas con los ojos torcidos y sin vida). El líder llevaba una máscara de bebé mofletudo y empuñaba un arma que parecía un Toblerone enorme (una hilera de pirámides negras conectada a unos cables que desaparecían en el interior de su túnica). El diminuto yorkshire terrier de John ladraba como si le fuera la vida en ello, seguramente para pedirles a los intrusos que se lo llevaran a una casa mejor. —¡¿DÓNDE ESTÁ?! —gritó el «hombre» de la pistola Toblerone con una voz que sonaba como si una araña hubiese aprendido a imitar voces humanas con un cursillo en línea. No nos hizo falta preguntarle a qué se refería. La casa de John es mi sitio favorito del mundo, pero no tiene nada que no puedas encontrar en un viaje rápido a Target o en el rastrillo improvisado de un vendedor de meta. No, habían venido a por el pequeño vial de acero con arañazos que ahora sostenía Amy en la mano. Ni de coña se lo iban a llevar. Así que John agarró la olla de fondue y le tiró el contenido al tío de la voz de araña, salpicando con el doloroso pringue caliente y marrón a todos los presentes. Amy agarró el vial de su escondite (a plena vista, en la encimera de la cocina, junto a una cachimba con forma de trofeo de triatlón) y salimos corriendo por la puerta de atrás hacia la tormenta. Nos metimos en mi coche, pisé el acelerador y aquí estábamos.

	La lluvia azotaba el parabrisas, las gotas volaban hacia mí como estrellas tras alcanzar la velocidad de la luz. La visibilidad era un poco peor que la que tienes en un lavadero de coches justo después de que te echen la espuma aquella de colores. Amy me gritaba indicaciones en cada giro y yo obedecía, aunque ninguno habíamos hablado de hacia dónde íbamos. Me ordenó parar justo cuando llegamos a un viejo puente oxidado suspendido sobre un río caudaloso y desbordado. Abrió de par en par la puerta trasera, echó a correr bajo la tormenta y lanzó el vial a la corriente con todas sus fuerzas. Las estruendosas y agitadas aguas se lo tragaron como si nada.
	John y yo corrimos hasta la barandilla e intercambiamos una mirada frenética de «¿De verdad acaba de pasar esto?». Ninguno dijo nada. Se había tomado una decisión y no podíamos deshacerla.
	Amy había hecho lo correcto, por supuesto. El objetivo número uno era evitar que el vial cayese en las manos de las cosas que nos perseguían y el número dos era asegurarnos de que supieran que ya no lo teníamos para que no nos ataran a unas sillas e intentaran sonsacarnos su ubicación a base de torturas con magia negra y herramientas eléctricas.
—Cuando lleguen, dejadme hablar a mí —dijo John.
—Amy, cuando lleguen, quiero que te encargues tú de hablar —repliqué—. Yo estaré ocupado sujetando a John.
	Sin embargo, nuestros perseguidores no llegaron a hacer acto de presencia. No sé cuánto rato esperamos apoyados en la barandilla, observando la corriente, que se retorcía y espumeaba más abajo. La lluvia helada nos aullaba en los oídos. John, ensimismado, se lamía el chocolate de los dedos. Amy temblaba, tenía el cabello pelirrojo pegado contra el cráneo de forma que daba la impresión de estar sangrando profusamente. Quizá sabían que habíamos tirado el vial, quizá nunca llegaron a seguirnos. Te estarás preguntando quiénes son «ellos» y para quién trabajan y ambas son buenas preguntas. Volvimos al coche.

La lluvia azotaba el parabrisas, las gotas volaban hacia mí como estrellas tras alcanzar la velocidad de la luz. La visibilidad era un poco peor que la que tienes en un lavadero de coches justo después de que te echen la espuma aquella de colores. Amy me gritaba indicaciones en cada giro y yo obedecía, aunque ninguno habíamos hablado de hacia dónde íbamos. Me ordenó parar justo cuando llegamos a un viejo puente oxidado suspendido sobre un río caudaloso y desbordado. Abrió de par en par la puerta trasera, echó a correr bajo la tormenta y lanzó el vial a la corriente con todas sus fuerzas. Las estruendosas y agitadas aguas se lo tragaron como si nada. John y yo corrimos hasta la barandilla e intercambiamos una mirada frenética de «¿De verdad acaba de pasar esto?». Ninguno dijo nada. Se había tomado una decisión y no podíamos deshacerla. Amy había hecho lo correcto, por supuesto. El objetivo número uno era evitar que el vial cayese en las manos de las cosas que nos perseguían y el número dos era asegurarnos de que supieran que ya no lo teníamos para que no nos ataran a unas sillas e intentaran sonsacarnos su ubicación a base de torturas con magia negra y herramientas eléctricas. —Cuando lleguen, dejadme hablar a mí —dijo John. —Amy, cuando lleguen, quiero que te encargues tú de hablar —repliqué—. Yo estaré ocupado sujetando a John. Sin embargo, nuestros perseguidores no llegaron a hacer acto de presencia. No sé cuánto rato esperamos apoyados en la barandilla, observando la corriente, que se retorcía y espumeaba más abajo. La lluvia helada nos aullaba en los oídos. John, ensimismado, se lamía el chocolate de los dedos. Amy temblaba, tenía el cabello pelirrojo pegado contra el cráneo de forma que daba la impresión de estar sangrando profusamente. Quizá sabían que habíamos tirado el vial, quizá nunca llegaron a seguirnos. Te estarás preguntando quiénes son «ellos» y para quién trabajan y ambas son buenas preguntas. Volvimos al coche.

	John se recogió el pelo mojado en una coleta, se encendió un cigarro y dijo:
—Sabía que estaba a punto de pasar algo así.
Amy intentó sin éxito secarse las gafas con la camiseta mojada.
—Bueno, pues gracias por avisarnos —respondió.
—Podrían encontrarlo si se ponen a dragar el río —comenté.
—Flota —explicó Amy—. ¿Has visto esa corriente? El río desemboca en el Ohio, que desemboca en el Mississippi, que a su vez acaba en el Golfo de México. No lo encontrarán, a menos que…
Se calló, pero todos sabíamos lo que quería decir: no encontrarían nunca el vial, a menos que su contenido quisiera que lo encontraran.
	Ni nos esperaba ninguna emboscada en casa de John, ni nos encontramos a las extrañas figuras con forma de hombres, túnicas oscuras y máscaras de Halloween aquella noche, o las siguientes. Pasamos el resto de la velada ocupándonos del perro, al que pillamos lamiendo el chocolate de la alfombra cuando volvimos. Resulta que el chocolate es tóxico para los perros; el animal empezó a vomitar por todas partes y nos tocó llevarlo corriendo al veterinario.
O, al menos, yo lo recuerdo así.

John se recogió el pelo mojado en una coleta, se encendió un cigarro y dijo: —Sabía que estaba a punto de pasar algo así. Amy intentó sin éxito secarse las gafas con la camiseta mojada. —Bueno, pues gracias por avisarnos —respondió. —Podrían encontrarlo si se ponen a dragar el río —comenté. —Flota —explicó Amy—. ¿Has visto esa corriente? El río desemboca en el Ohio, que desemboca en el Mississippi, que a su vez acaba en el Golfo de México. No lo encontrarán, a menos que… Se calló, pero todos sabíamos lo que quería decir: no encontrarían nunca el vial, a menos que su contenido quisiera que lo encontraran. Ni nos esperaba ninguna emboscada en casa de John, ni nos encontramos a las extrañas figuras con forma de hombres, túnicas oscuras y máscaras de Halloween aquella noche, o las siguientes. Pasamos el resto de la velada ocupándonos del perro, al que pillamos lamiendo el chocolate de la alfombra cuando volvimos. Resulta que el chocolate es tóxico para los perros; el animal empezó a vomitar por todas partes y nos tocó llevarlo corriendo al veterinario. O, al menos, yo lo recuerdo así.

He traducido el prólogo de What The Hell Did I Just Read de @jasonkpargin.bsky.social (y porque estoy aburrido, que estas semanas no tengo mucho curro).

Obviamente, no voy a traducir el libro completo, esto solo es un ejercicio para practicar.

17 hours ago 7 2 1 1

Hasta donde yo sé, la única novela de esta serie que ha salido en España es John muere al final (la publicó @valdemar.com hace unos años). Si el prólogo de What The Hell Did I Just Read os ha llamado la atención, os recomiendo que la pilléis porque es divertidísima.

17 hours ago 1 1 0 0
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What the Hell Did I Just Read From the writer of the cult sensation John Dies at the End comes another terrifying and hilarious tale of almost Armageddon at the hands of two hopeless heroes. It's the story "They" don't want you to...

Aunque tengo mogollón de experiencia como traductor de videojuegos, nunca he traducido novelas, por lo que espero que os guste y agradeceré todas las críticas que me hagáis.

Si tenéis curiosidad por ver el texto original, lo tenéis en Google Libros: books.google.es/books?id=zks...

17 hours ago 1 1 1 0
¿QUÉ COJONES ACABO DE LEER?
de Jason Pargin


«¿Quieres oír una historia? Bueno, pues apriétate los machos».

Prólogo

Llovía como si no fuéramos más que un cagarro de pájaro que Dios estuviera intentando limpiar a manguerazos. Los tres íbamos a toda leche bajo el diluvio en un Saturn Coup de 1996, conmigo al volante.
	Miré por el retrovisor, entrecerrando los ojos borracho, e intenté localizar sin éxito la furgoneta negra que nos perseguía, aunque no estaba muy seguro de si sus conductores necesitaban faros para ver, o si tenían ojos si quiera. Tampoco estaba seguro de que fuera una furgoneta, o de que fuera negra, o de si nos perseguían. Estaba lloviendo, eso sí.
	John, mi colega, estaba en el asiento del copiloto y el único motivo por el que no conducía era porque, además de ir tan pedo como yo, estaba herido y llevaba las dos manos envueltas en la camiseta que había hecho pedazos para usar como vendaje. El daño no lo habían provocado nuestros perseguidores, al menos no directamente: se había quemado agarrando una olla de fondue llena de chocolate fundido en la que habíamos estado mojando tiras de pollo frito (en serio, tienes que probarlo). Mi novia Amy iba en el asiento trasero. No conducía porque no sabía hacerlo, pero al parecer sí tenía suficiente experiencia para juzgar mis habilidades y me gritaba que mantuviese la vista en la carretera, que tuviera cuidado con esa curva y que «Ay, Dios, nos vamos a matar».
	Amy sujetaba con la mano derecha (su única mano) un recipiente pequeño de metal gris del tamaño de un vaso de chupito. Aquello era lo que buscaban los ocupantes de la furgoneta, algo que tuve claro desde el momento en el que habían irrumpido en la sala de estar de John hacía diez minutos.

¿QUÉ COJONES ACABO DE LEER? de Jason Pargin «¿Quieres oír una historia? Bueno, pues apriétate los machos». Prólogo Llovía como si no fuéramos más que un cagarro de pájaro que Dios estuviera intentando limpiar a manguerazos. Los tres íbamos a toda leche bajo el diluvio en un Saturn Coup de 1996, conmigo al volante. Miré por el retrovisor, entrecerrando los ojos borracho, e intenté localizar sin éxito la furgoneta negra que nos perseguía, aunque no estaba muy seguro de si sus conductores necesitaban faros para ver, o si tenían ojos si quiera. Tampoco estaba seguro de que fuera una furgoneta, o de que fuera negra, o de si nos perseguían. Estaba lloviendo, eso sí. John, mi colega, estaba en el asiento del copiloto y el único motivo por el que no conducía era porque, además de ir tan pedo como yo, estaba herido y llevaba las dos manos envueltas en la camiseta que había hecho pedazos para usar como vendaje. El daño no lo habían provocado nuestros perseguidores, al menos no directamente: se había quemado agarrando una olla de fondue llena de chocolate fundido en la que habíamos estado mojando tiras de pollo frito (en serio, tienes que probarlo). Mi novia Amy iba en el asiento trasero. No conducía porque no sabía hacerlo, pero al parecer sí tenía suficiente experiencia para juzgar mis habilidades y me gritaba que mantuviese la vista en la carretera, que tuviera cuidado con esa curva y que «Ay, Dios, nos vamos a matar». Amy sujetaba con la mano derecha (su única mano) un recipiente pequeño de metal gris del tamaño de un vaso de chupito. Aquello era lo que buscaban los ocupantes de la furgoneta, algo que tuve claro desde el momento en el que habían irrumpido en la sala de estar de John hacía diez minutos.

Estábamos a la nuestra, sin meternos con nadie, comiendo nuestro pollo chocolateado y en plena noche de pelis temáticas (habíamos elegido cuatro películas en las que el final era, probablemente, una alucinación del protagonista moribundo: Taxi Driver, Minority Report, Cadena perpetua y Señora Doubtfire), cuando de repente, media docena de hombres (¿?) entraron en tromba por la puerta principal enfundados en túnicas negras y lo que parecían máscaras de goma de Halloween (caras mustias e inexpresivas con los ojos torcidos y sin vida). El líder llevaba una máscara de bebé mofletudo y empuñaba un arma que parecía un Toblerone enorme (una hilera de pirámides negras conectada a unos cables que desaparecían en el interior de su túnica). El diminuto yorkshire terrier de John ladraba como si le fuera la vida en ello, seguramente para pedirles a los intrusos que se lo llevaran a una casa mejor.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?! —gritó el «hombre» de la pistola Toblerone con una voz que sonaba como si una araña hubiese aprendido a imitar voces humanas con un cursillo en línea.
No nos hizo falta preguntarle a qué se refería. La casa de John es mi sitio favorito del mundo, pero no tiene nada que no puedas encontrar en un viaje rápido a Target o en el rastrillo improvisado de un vendedor de meta. No, habían venido a por el pequeño vial de acero con arañazos que ahora sostenía Amy en la mano.
	Ni de coña se lo iban a llevar.
	Así que John agarró la olla de fondue y le tiró el contenido al tío de la voz de araña, salpicando con el doloroso pringue caliente y marrón a todos los presentes. Amy agarró el vial de su escondite (a plena vista, en la encimera de la cocina, junto a una cachimba con forma de trofeo de triatlón) y salimos corriendo por la puerta de atrás hacia la tormenta. Nos metimos en mi coche, pisé el acelerador y aquí estábamos.

Estábamos a la nuestra, sin meternos con nadie, comiendo nuestro pollo chocolateado y en plena noche de pelis temáticas (habíamos elegido cuatro películas en las que el final era, probablemente, una alucinación del protagonista moribundo: Taxi Driver, Minority Report, Cadena perpetua y Señora Doubtfire), cuando de repente, media docena de hombres (¿?) entraron en tromba por la puerta principal enfundados en túnicas negras y lo que parecían máscaras de goma de Halloween (caras mustias e inexpresivas con los ojos torcidos y sin vida). El líder llevaba una máscara de bebé mofletudo y empuñaba un arma que parecía un Toblerone enorme (una hilera de pirámides negras conectada a unos cables que desaparecían en el interior de su túnica). El diminuto yorkshire terrier de John ladraba como si le fuera la vida en ello, seguramente para pedirles a los intrusos que se lo llevaran a una casa mejor. —¡¿DÓNDE ESTÁ?! —gritó el «hombre» de la pistola Toblerone con una voz que sonaba como si una araña hubiese aprendido a imitar voces humanas con un cursillo en línea. No nos hizo falta preguntarle a qué se refería. La casa de John es mi sitio favorito del mundo, pero no tiene nada que no puedas encontrar en un viaje rápido a Target o en el rastrillo improvisado de un vendedor de meta. No, habían venido a por el pequeño vial de acero con arañazos que ahora sostenía Amy en la mano. Ni de coña se lo iban a llevar. Así que John agarró la olla de fondue y le tiró el contenido al tío de la voz de araña, salpicando con el doloroso pringue caliente y marrón a todos los presentes. Amy agarró el vial de su escondite (a plena vista, en la encimera de la cocina, junto a una cachimba con forma de trofeo de triatlón) y salimos corriendo por la puerta de atrás hacia la tormenta. Nos metimos en mi coche, pisé el acelerador y aquí estábamos.

	La lluvia azotaba el parabrisas, las gotas volaban hacia mí como estrellas tras alcanzar la velocidad de la luz. La visibilidad era un poco peor que la que tienes en un lavadero de coches justo después de que te echen la espuma aquella de colores. Amy me gritaba indicaciones en cada giro y yo obedecía, aunque ninguno habíamos hablado de hacia dónde íbamos. Me ordenó parar justo cuando llegamos a un viejo puente oxidado suspendido sobre un río caudaloso y desbordado. Abrió de par en par la puerta trasera, echó a correr bajo la tormenta y lanzó el vial a la corriente con todas sus fuerzas. Las estruendosas y agitadas aguas se lo tragaron como si nada.
	John y yo corrimos hasta la barandilla e intercambiamos una mirada frenética de «¿De verdad acaba de pasar esto?». Ninguno dijo nada. Se había tomado una decisión y no podíamos deshacerla.
	Amy había hecho lo correcto, por supuesto. El objetivo número uno era evitar que el vial cayese en las manos de las cosas que nos perseguían y el número dos era asegurarnos de que supieran que ya no lo teníamos para que no nos ataran a unas sillas e intentaran sonsacarnos su ubicación a base de torturas con magia negra y herramientas eléctricas.
—Cuando lleguen, dejadme hablar a mí —dijo John.
—Amy, cuando lleguen, quiero que te encargues tú de hablar —repliqué—. Yo estaré ocupado sujetando a John.
	Sin embargo, nuestros perseguidores no llegaron a hacer acto de presencia. No sé cuánto rato esperamos apoyados en la barandilla, observando la corriente, que se retorcía y espumeaba más abajo. La lluvia helada nos aullaba en los oídos. John, ensimismado, se lamía el chocolate de los dedos. Amy temblaba, tenía el cabello pelirrojo pegado contra el cráneo de forma que daba la impresión de estar sangrando profusamente. Quizá sabían que habíamos tirado el vial, quizá nunca llegaron a seguirnos. Te estarás preguntando quiénes son «ellos» y para quién trabajan y ambas son buenas preguntas. Volvimos al coche.

La lluvia azotaba el parabrisas, las gotas volaban hacia mí como estrellas tras alcanzar la velocidad de la luz. La visibilidad era un poco peor que la que tienes en un lavadero de coches justo después de que te echen la espuma aquella de colores. Amy me gritaba indicaciones en cada giro y yo obedecía, aunque ninguno habíamos hablado de hacia dónde íbamos. Me ordenó parar justo cuando llegamos a un viejo puente oxidado suspendido sobre un río caudaloso y desbordado. Abrió de par en par la puerta trasera, echó a correr bajo la tormenta y lanzó el vial a la corriente con todas sus fuerzas. Las estruendosas y agitadas aguas se lo tragaron como si nada. John y yo corrimos hasta la barandilla e intercambiamos una mirada frenética de «¿De verdad acaba de pasar esto?». Ninguno dijo nada. Se había tomado una decisión y no podíamos deshacerla. Amy había hecho lo correcto, por supuesto. El objetivo número uno era evitar que el vial cayese en las manos de las cosas que nos perseguían y el número dos era asegurarnos de que supieran que ya no lo teníamos para que no nos ataran a unas sillas e intentaran sonsacarnos su ubicación a base de torturas con magia negra y herramientas eléctricas. —Cuando lleguen, dejadme hablar a mí —dijo John. —Amy, cuando lleguen, quiero que te encargues tú de hablar —repliqué—. Yo estaré ocupado sujetando a John. Sin embargo, nuestros perseguidores no llegaron a hacer acto de presencia. No sé cuánto rato esperamos apoyados en la barandilla, observando la corriente, que se retorcía y espumeaba más abajo. La lluvia helada nos aullaba en los oídos. John, ensimismado, se lamía el chocolate de los dedos. Amy temblaba, tenía el cabello pelirrojo pegado contra el cráneo de forma que daba la impresión de estar sangrando profusamente. Quizá sabían que habíamos tirado el vial, quizá nunca llegaron a seguirnos. Te estarás preguntando quiénes son «ellos» y para quién trabajan y ambas son buenas preguntas. Volvimos al coche.

	John se recogió el pelo mojado en una coleta, se encendió un cigarro y dijo:
—Sabía que estaba a punto de pasar algo así.
Amy intentó sin éxito secarse las gafas con la camiseta mojada.
—Bueno, pues gracias por avisarnos —respondió.
—Podrían encontrarlo si se ponen a dragar el río —comenté.
—Flota —explicó Amy—. ¿Has visto esa corriente? El río desemboca en el Ohio, que desemboca en el Mississippi, que a su vez acaba en el Golfo de México. No lo encontrarán, a menos que…
Se calló, pero todos sabíamos lo que quería decir: no encontrarían nunca el vial, a menos que su contenido quisiera que lo encontraran.
	Ni nos esperaba ninguna emboscada en casa de John, ni nos encontramos a las extrañas figuras con forma de hombres, túnicas oscuras y máscaras de Halloween aquella noche, o las siguientes. Pasamos el resto de la velada ocupándonos del perro, al que pillamos lamiendo el chocolate de la alfombra cuando volvimos. Resulta que el chocolate es tóxico para los perros; el animal empezó a vomitar por todas partes y nos tocó llevarlo corriendo al veterinario.
O, al menos, yo lo recuerdo así.

John se recogió el pelo mojado en una coleta, se encendió un cigarro y dijo: —Sabía que estaba a punto de pasar algo así. Amy intentó sin éxito secarse las gafas con la camiseta mojada. —Bueno, pues gracias por avisarnos —respondió. —Podrían encontrarlo si se ponen a dragar el río —comenté. —Flota —explicó Amy—. ¿Has visto esa corriente? El río desemboca en el Ohio, que desemboca en el Mississippi, que a su vez acaba en el Golfo de México. No lo encontrarán, a menos que… Se calló, pero todos sabíamos lo que quería decir: no encontrarían nunca el vial, a menos que su contenido quisiera que lo encontraran. Ni nos esperaba ninguna emboscada en casa de John, ni nos encontramos a las extrañas figuras con forma de hombres, túnicas oscuras y máscaras de Halloween aquella noche, o las siguientes. Pasamos el resto de la velada ocupándonos del perro, al que pillamos lamiendo el chocolate de la alfombra cuando volvimos. Resulta que el chocolate es tóxico para los perros; el animal empezó a vomitar por todas partes y nos tocó llevarlo corriendo al veterinario. O, al menos, yo lo recuerdo así.

He traducido el prólogo de What The Hell Did I Just Read de @jasonkpargin.bsky.social (y porque estoy aburrido, que estas semanas no tengo mucho curro).

Obviamente, no voy a traducir el libro completo, esto solo es un ejercicio para practicar.

17 hours ago 7 2 1 1
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Bueno.

19 hours ago 5 1 0 1

¿TAPA DURA?

Madre mía, qué pasote.

21 hours ago 1 0 1 0
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Creo que estas dos señoras son mis favoritas del zine de villanos.

22 hours ago 6 1 0 0

We need to stop accepting views expressed on Twitter as real opinions. The sooner everyone assumes that the median post on that website is done in bad faith and principally designed to chase clout, the sooner we stop letting these fake controversies take up all the oxygen in the room.

23 hours ago 3237 1013 30 18

Anoche me terminé este libro. Es UNA PASADA.

1 day ago 2 0 0 0

Poder centrarme en el zine (y en el webcómic) estos meses me ha venido superbién y me ha salvado de más de un ataque de nervios.

Así que muchas gracias a todos los que me habéis estado apoyando de una manera o de otra.

1 day ago 6 0 0 0

Este tochazo lo escribo un poco para desahogarme (aunque luego mi hermano me diga que "lo cuento todo por el bluesky"), pero también para explicar por qué el proyecto del zine se ha retrasado un poquillo.

1 day ago 3 0 2 0
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Si os estáis estresando con todo lo que acabo de contar, quiero que entendáis que hay mogollón de cosas que no estoy contando, pero en fin.

1 day ago 0 0 1 0

La mayoría de vosotros no habréis tenido que lidiar nunca con Extranjería. No sabéis la envidia que os tengo después de dejar por imposible hasta conseguir un NIE para que abriese una cuenta de banco.

1 day ago 0 0 1 0

Total, que fuimos a inscribirnos como pareja de hecho en septiembre.

Nos llamaron para la comparecencia HACE DOS SEMANAS. Ayer recibimos el papel haciéndolo oficial.

1 day ago 0 0 1 0

La odisea por la que pasó mi señora incluye TRENES EN LLAMAS, os juro que no estoy exagerando. Ojalá estuviera exagerando.

1 day ago 0 0 1 0

Todo esto MIENTRAS INTENTÁBAMOS SACAR A MI PAREJA DEL REINO UNIDO PORQUE AQUEL SITIO ES EL INFIERNO EN LA TIERRA.

1 day ago 0 0 1 0

Casi una semana después me dijeron que habían elegido a otra persona :D

1 day ago 0 0 1 0

¿Os acordáis del apagón? Unos días antes, pasé una prueba e hice una entrevista de trabajo para entrar a trabajar en una empresa de localización. Me confirmaron que me habían dado el trabajo y a los diez minutos recibí un correo diciendo que "Ay, te lo enviamos demasiado pronto, espera unos días".

1 day ago 0 0 1 0

Un año después, no nos hemos recuperado del zapatazo económico.

No hay trabajo, y el que hay se retrasa o está tan mal pagado que casi mejor no acercarse.

1 day ago 0 0 1 0

Así que en marzo del año pasado, con el piso casi recién comprado, no solo perdí la pasta que me adeudaban, me quedé sin un cliente que hasta ese momento había sido mi principal fuente de ingresos.

1 day ago 0 0 1 0

El cliente chapó la empresa, los afectados estuvimos mirando cómo pelearlo, pero, como ya os imagináis, si en este país robas el suficiente dinero, te puedes ir de rositas sin consecuencias.

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Estos últimos doce meses han sido Una Movida Terrible™. Algunas cosas ya las he ido contando por aquí. Básicamente, un cliente decidió que no hacía falta pagarme tres mil eurazos que me debía (y aún tendría que considerarme afortunado, que otra gente se ha quedado sin cobrar más del doble).

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Las ilustraciones estarán terminadas MAÑANA, la maquetación, a lo largo de esta semana y el zine se irá a la imprenta, si Dios quiere, la semana que viene.

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Al final, después de comerme mucho la cabeza, he decidido que quiero hacer un pequeño crossover con Las peores aventuras y dar algunos detalles de estos dos personajes que salieron en el segundo capítulo.

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