Erin no ha dormido en toda la noche. La ha pasado contemplando las facciones y
gestos de Kearragan porque sabe que son los últimos que puede ver siendo humano. El
amanecer se acerca y lo sabe, tanto por el saludo que el guardia nocturno dedica a su
sustituto, como por la anticipación que hay en cada célula de su piel. Roza la mejilla de
su acompañante y después baja hasta el cuello, la piel bronceada de Kearragan recalca la
blancura de sus dedos algo que no ha conseguido cambiar por muchas horas que pasase
al sol. Unos hermosos ojos azul turquesa le miran tristes y acuosos, las ojeras recalcan
que ha pasado la noche despierto; a Erin siempre le han recordado a una de las lagunas
de colores que visitaron poco después de conocerse.
Erin contiene un suspiro y deja que sea él el primero en hablar. No lo hace. A
decir verdad, ninguno quiere enfrentar lo que está a punto de ocurrir. Kearragan se levanta
de la cama y se dirige al armario, donde tarda poco más de unos minutos en escoger una
camisa holgada y unos pantalones de cueros negros. Erin opta por seguir en pijama. Total,
dentro de unos minutos no va a importar qué ropa vista.
—Siento que no fuéramos capaces de encontrar una solución.
—Era imposible y los dos lo sabíamos —argumenta Erin agarrando las manos de
su marido—. La Diosa Carmen nos dijo que lo único que podría salvarme era que la mujer
me perdonase.
—Debería haberla obligado a ello.
—No habría servido. Maté a su hijo.
—Lo sé —dice en un suspiro—. Mi madre intentó explicarme el dolor que suponía
ese tipo de pérdida sin conseguirlo.
—Lo entenderás cuando tengas hijos.
—Pero no serán contigo.
Erin sonríe triste.
—Sé que es duro saber que todo lo que hicimos, los lugares y sabios que visitamos
no nos dieran una solución. He agradecido siempre el tiempo de más que he tenido
contigo. Al menos, en eso la mujer tuvo un ápice de bondad.
9. Capítulo que me hace llorar.
El prologo de #ProyectoPiratas