Él, que no era capaz de rememorar lo que soñaba, ahora recordaba con una claridad terrible cada detalle, incluso la temperatura de la escena y las texturas: la frescura del agua, el frío del mármol, el polvo dorado esparcido por la atmósfera, el calor de ese fuego denso y líquido, una magma caído del cielo. Recordaba, también, como del impacto la sombra se agrietaba y se extendía en diminutos filamentos por el suelo, atacando la tierra yerma y arraigando en sus profundidades. En el sueño él no era, simplemente existía de alguna forma que podía percibir toda la escena desde todas las perspectivas posibles. Y sentirla, cómo la sentía.
En estos días de calor he pensado mucho en #ElDiosLangosta y que ojalá no la tuviera paralizada, en un bloqueo que no consigo superar del todo. Releo párrafos como este e intento deshilar el nudo; quizá empapándome de este mundo pueda volver a él y contar la historia de Niko y su Dios.