Marfil había conseguido lo que muchos antes que ella, solo pudieron soñar: encontrar un hogar. Tenía muy presente en su cabeza las idas y venidas de un lado a otro del continente, llegaba con frecuencia el traqueteo de las ruedas de los carromatos, las canciones durante la travesía y las historias a la luz de la hoguera. Siempre en movimiento, siempre con el macuto a cuestas y el queso a medio comer en la boca, siempre con un «buenos días» al amanecer y un «hasta siempre» al ocaso, pero ahora, todo había cambiado. Los muros del viejo Roca Mansa ahuyentaban a las fieras, las almenaras hechas de astilla seca brillaban en lo más alto de la torre, como un faro en mitad de la densa negrura. Brillaban con más intensidad, si cabe, en las noches de tormenta, incluso en las peores. Como lo era precisamente la de aquella noche en la que Marfil se asomó para ver como los suyos recorrían las calles de barro del piso inferior, yendo de un lado, ajenos a las inclemencias del exterior.
#ProyectoArcilla 🐁🐭
«Siempre en movimiento, siempre con el macuto a cuestas y el queso a medio comer en la boca, siempre con un "buenos días" al amanecer y un "hasta siempre" al ocaso (...) »