—Júramelo. Su propia voz le sonó ajena, cargada de apatía y de desdicha. Le zumbaban los oídos y la bilis le quemaba la garganta casi tanto como el llanto las retinas. Solen le mantuvo la mirada, regia como siempre había sido, y la poca esperanza que le quedaba a Syban se desvaneció en cuanto su madre se quitó el guante y desenvainó la espada. —Creía que Anri te agradaba, es casi tan protectora contigo como lo fue tu carmesí —dijo ella, sin detenerse. Posó la hoja besada por Erán sobre la palma desnuda y se hizo un corte limpio. —Pareces insinuar que la maldición continúa latente. —¿Lo dice el mismo que me ha exigido realizar un juramento? —pronunció su madre con sorna—. Te conozco, hijo mío, eres un reflejo demasiado exacto de tu padre, conoces todos los secretos que se van tejiendo a tu alrededor; pero, en lugar de aprovecharlos para crear tus propias redes, permaneces quieto y callado. Me atrevería a decir que incluso lloras por ser tan cobarde. Austra lo hacía. La sangre llenó la parte clara de la palma de Solen y se le escurrió por el dorso, mojando algunos de los relieves dorados de la armadura antes de caer al suelo.
Una pintura roja y dorada, bastante abstracta y caótica al mismo tiempo.
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Venga, ya que sale en este fragmentito, allá va un mini dato curioso del #ProyectoMatarreinas: Erán es una variante de nuestro Sol, y se dice que aquellos guerreros cuyas armas obtienen el beso de la estrella jamás caerán en combate.