Hace mucho tiempo, allá en la villa de la foresta, había un famoso juguetero que no solo suministraba juguetes a los niños del poblado sino que, de tan bueno que era, compraban sus productos en la capital. Le propusieron una y mil veces trasladar su taller a la urbe, pero él se negó todas las veces, aduciendo que su vida estaba en aquella diminuta aldea perdida en el bosque y que si se marchaba de ahí no sería capaz de volver a crear juguetes como los que diseñaba.
Cada dos semanas, el juguetero desaparecía de la villa en lo que él llamaba su viaje de obtención de materiales, y volvía una semana más tarde cargado de madera oscura, llena de nudos, en gruesos troncos que cargaba en una carreta. Nunca aceptó aprendices, ni permitía que nadie entrara en su taller, estuviera él o no. Muchas veces los niños se agolpaban en las ventanas de su tienda para intentar atisbar cómo tallaba el juguetero la madera, cómo conseguía expresiones tan reales, figuras tan bellas, pero tan pronto el juguetero percibía que estaba siendo observado corría las cortinas y procedía a trabajar a oscuras, lo que jamás afectó en nada a la calidad del producto final.
A Reese, un niño pelirrojo más espabilado de lo que a sus padres les venía bien, comenzó a intuir que el secretismo del juguetero era más perturbador que curioso, y lejos de centrar su atención en el taller decidió seguirle en una de sus travesías de obtención de material. Cuál fue su sorpresa cuando, al caer la primera noche de su extraño viaje, el anciano se postró sobre la tierra húmeda de un claro y comenzó a escarbar con entusiasmo, casi con desesperación. Sacó del agujero una pálida lombriz y la engulló con satisfacción, y tan pronto el gusano cruzó su garganta el juguetero se giró y miró al niño con unos ojos brillantes y una sonrisa afilada.
—Por fin —masculló, su voz tan profunda como la oscuridad del bosque—. Hacía mucho que no me seguía ningún niño. Empezaba a quedarme sin madera.
La Reina Demonio observa con una expresión en absoluto impresionada cómo el goblin mensajero se retuerce frente a ella, tratando de alcanzar nuevas cotas en lo que a reverencias se refiere. Le dirige una mirada interrogativa a su dama de compañía, junto a ella, que se encoge de hombros, invitándola a permitir que la criatura finalice el extraño espectáculo, y la Reina Demonio parpadea con indiferencia, aceptando la propuesta. Por fin, cuando el goblin prácticamente le ha devuelto la mirada a través de sus propias piernas, se reincorpora con dificultad y agacha la cabeza.
—Su Majestad Demoníaca, vengo en representación del Rey Goblin. El Monarca tiene una oferta que hacerle y le invita amablemente a visitarlo en su palacio. Como obsequio e incentivo, el Rey ha insistido en que toméis mi cabeza.
La Reina enarca una ceja, indolente.
—¿Qué tipo de oferta requiere que yo me desplace, cuando podría haber venido él a hacérmela?
El goblin se retuerce las manos con nerviosismo.
—El Monarca no quería importunar a vuestro servicio con su presencia. Prefiere ser anfitrión, pues tiene como objetivo serviros, no que vos le sirváis a él —carraspea.
La Reina Demonio pone los ojos en blanco, hastiada.
—Espero que esto no tenga que ver con una propuesta de matrimonio, porque si es el caso tomaré tu cabeza y también la suya. Es de una impertinencia supina semejante atrevimiento.
—No soy más que el mensajero, Su Majestad —farfulla, cada vez más nervioso—. Desconozco la naturaleza de la propuesta, tan solo que tiene una que haceros.
—Podéis, pues, decirle a vuestro Rey que…
Antes de que la Reina Demonio pueda terminar la frase, la monarca desaparece del trono en una bola de humo violáceo que hace que tanto su dama de compañía pestañee con sorpresa, antes de suspirar de pura frustración.
—Esa maldita niña ha vuelto a equivocarse con el hechizo de invocación —bufa, indignada—. No hace más que llamarla, es ridículo —acto seguido se gira hacia el goblin—. Lamento el contratiempo.
Una infusión de romero, una amatista, dos piedras de sangre y una vela negra.
Amalia saca de su bolsillo el mechón de pelo oscuro y lo mira fijamente antes de dejarlo en el centro del pentagrama invertido. Según la revista La Joven Bruja, que como todo el mundo sabe contiene todo el conocimiento que una joven bruja como ella necesita, solo hace falta un conjuro sencillo para conseguir que el chico que te gusta se fije en ti. Lo que más difícil le resultó conseguir fue el mechón de pelo, y de hecho Seamus se enfadó bastante cuando notó el tijeretazo y se giró para mirarla con estupefacción, pero Amalia está convencida de que la dulzura de la sonrisa que le devolvió apaciguó cualquier sospecha.
A sus catorce años, Amalia lleva tonteando con la magia el tiempo suficiente como para sentirse confiada en sus capacidades, así que abre la revista por la página «Rituales de amor infalibles para adolescentes» y comienza a seguir las instrucciones: crea un triángulo en torno al mechón de pelo con las piedras mágicas mientras entona el hechizo, enciende la vela y deja que le queme la yema del dedo antes de hacerse un pequeño corte y verter su sangre sobre los diferentes ingredientes, y finalmente se bebe la infusión de romero y se chupa el dedo.
La llama de la vela se torna violeta y Amalia sonríe, satisfecha, casi pudiendo sentir cómo poco a poco se vuelve irresistible, y para su sorpresa la figura translúcida de Seamus se presenta ante ella, en el centro mismo del pentagrama donde su mechón de pelo ha empezado a echar humo, y la mira con los ojos desorbitados, consternado.
—Condenada lunática, ¿se puede saber qué has hecho esta vez?
Amalia, asustada, revisa las instrucciones y se queda tan pálida como el fantasma que ha invocado.
La infusión tenía que ser de tomillo.
#Writeober #12, #13 y #14: Vela, Demonio y Madera