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Daniel Rood: La Plantación, motor del “progreso” estadounidense El historiaor Daniel Rood es conocido, entre otros asuntos, por su estudio sobre la denominada «segunda esclavitud», una suerte de reinvención del mundo de plantaciones desde 1840, con una creciente dependencia de la economía atlántica del trabajo forzado. Y de nuevo retoma el asunto en su nueva investigación, aunque con una mirada más amplia: _In the Shadow of the Great House. A History of the Plantation in America_ (Norton) El volumen empieza con un prólogo en el que relata una revuelta ocurrida en julio de 1595 en la isla africana de Santo Tomé. Comenzó una mañana dominical de julio en la pequeña iglesia parroquial de Santa María Trinità, cuando se presentó un grupo de angoleños, a los que el sacerdote reconoció como _mocambos -“_ esclavos fugitivos, enemigos jurados del dominio portugués, que ocasionalmente descendían de los refugios de montaña para atacar plantaciones individuales antes de retirarse apresuradamente-: “Armados con mosquetes y cuchillos de caña, los rebeldes negros ‘mataron a tantos blancos como pudieron encontrar’ en la iglesia, incluyendo al sacerdote. Con los muertos y heridos tendidos a su alrededor, los _mocambos_ bebieron el vino del cáliz sacramental. Luego incendiaron el edificio”. Para dirigirse de inmediato “a la fuente de su tormento: las plantaciones de caña de azúcar de la isla”. Y era lógico, porque si “para los plantadores, la plantación era un ‘Eldorado recién descubierto de Occidente’, que generaba oro tanto para el plantador como para el rey. Para los _mocambos_ , la plantación era un infierno”. Así que “el primer día de la revuelta, los rebeldes incendiaron dieciséis ingenios azucareros”, y al poco ya “habían “incendiado sesenta propiedades con sus ingenios azucareros, y nada menos que durante la temporada de producción de azúcar”. Habían devastado la economía de exportación de Santo Tomé”. En suma: “Cinco días después del ataque a la iglesia, miles de rebeldes armados asaltaron la capital portuguesa en la isla. Emplearon tácticas militares que probablemente habían traído del continente africano”. Los plantadores intentarían luego reconstruir esa industria, pero fracasaron. De hecho, si en 1570 la isla abastecía el 70 por ciento del azúcar de Amberes —el mercado más importante de Europa—, la cifra se había desplomado al 2 por ciento en la década de 1590 y, hacia 1600, el 86% del azúcar de Amberes provenía de Brasil. de modo que “el azúcar, el verdadero falso rey, el sacramento empalagoso, había llevado a Santo Tomé a la catástrofe, pero no sin antes haberle proporcionado tales riquezas que las élites europeas ya habían comenzado el ciclo de plantaciones en las Américas conquistadas”. Pero había una alternativa: “Tras el declive de su industria azucarera, los comerciantes y plantadores de Santo Tomé comenzaron a redirigir su comercio de esclavos de corta distancia hacia América. Transformaron la isla en el principal punto de escala del siglo XVII para los barcos negreros que iniciaban su viaje a América. Estos mismos comerciantes y plantadores también participaron activamente en las primeras incursiones portuguesas en África Central continental, que culminaron con el establecimiento de la colonia de Angola en 1575, un factor clave para el crecimiento del comercio de esclavos”. Por otra parte, “la promesa de un suministro ilimitado de cautivos dio a los comerciantes portugueses la razón y la capacidad para hacer algo inusual para la época: dedicarse a la producción de bienes. Los comerciantes de la Edad Moderna rara vez hacían esto, pero en Santo Tomé los portugueses vieron un nuevo potencial en la industrialización de la agricultura basada en la esclavitud racial y las tierras conquistadas. Vieron en el sistema de plantaciones una nueva máquina de generar riqueza estimulando los deseos de los consumidores europeos, y esta entrada del capital mercantil en el bullicio de la agricultura tropical fue trascendental. La plantación ofrecía algo mucho más sostenible que la riqueza proveniente de una mina de plata, el otro motor del imperio europeo en la Edad Moderna. Cada moneda recién acuñada reducía el valor de la plata ya en circulación. Cuanto más se producía, menos valía. En cambio, los plantadores siempre podían buscar nuevas tierras y nunca les faltaba mano de obra barata. Dado que el apetito de los consumidores que prometían satisfacer era insaciable, podían expandir el sistema indefinidamente sin experimentar rendimientos decrecientes”. Y terminado ese prólogo, llega a introducción: “En las últimas décadas, nuestra comprensión de la esclavitud, la raza, el capitalismo y la modernidad se ha transformado gracias al trabajo de numerosos académicos talentosos. Hemos aprendido mucho sobre las luchas y victorias de los esclavizados, así como sobre la vida de los esclavistas y la historia de los principales productos elaborados en las plantaciones. Sin embargo, la plantación en sí misma ha recibido menos atención. De hecho, han transcurrido treinta y cinco años desde la publicación del último estudio exhaustivo sobre el sistema de plantaciones del Nuevo Mundo. _In the Shadow of the Great House_ ofrece una explicación de qué era la plantación, de dónde surgió y cómo ha cambiado con el tiempo, para ayudar a los lectores a comprender por qué las plantaciones no solo marcan nuestra historia, sino que también forman parte de nuestro presente. (…) La plantación se originó en Santo Tomé y se arraigó profundamente en Brasil y el Caribe. Durante el siglo XVIII, estas regiones, y no los futuros Estados Unidos, fueron pioneras en el desarrollo de las plantaciones. Las Indias Occidentales británicas y francesas eran mucho más importantes económicamente que las colonias continentales de Norteamérica. Brasil fue el destino de varios millones de esclavos a lo largo del comercio transatlántico de esclavos, en comparación con menos de cuatrocientos mil en el caso de Estados Unidos. La historia de América Latina y el Caribe indica que Estados Unidos no ha sido una excepción en lo que respecta a su historia de esclavitud en plantaciones. De hecho, hasta principios del siglo XIX, estos lugares tenían mayor relevancia para las potencias europeas. Sin embargo, la plantación alcanzó su máxima expresión en el sur de Estados Unidos antes de la Guerra Civil. Supervisada no por súbditos coloniales, sino por ciudadanos-plantadores con plenos derechos que ocupaban los puestos más importantes del poder federal, fue allí y en ese momento donde se imbricó por completo a un Estado-nación moderno, industrializado y expansionista. La plantación de algodón que los plantadores sureños crearon antes de la Guerra Civil, con el apoyo de un gobierno federal activista, así como de comerciantes y banqueros del noreste, representó la apoteosis de este modelo, un desarrollo sin el cual la Revolución Industrial británica y, por ende, el capitalismo global, se habrían desarrollado de forma muy diferente. Si esto hubiera sido posible, es discutible. La plantación norteamericana fue un socio clave para una potencia hegemónica global emergente. Esta alianza, si bien se vio desafiada por los intereses políticos antiesclavistas dentro de Estados Unidos, facilitó una expansión continental sin precedentes de la plantación, desde la bahía de Chesapeake hasta el río Brazos en el este de Texas, llegando casi al nuevo estado de California en 1850. Aunque la alianza entre la nación y la plantación esclavista se fracturó en 1861, la plantación resurgió bajo una nueva forma tras el cataclismo de la Guerra Civil, asegurando así su lugar en una era de capitalismo global marcada por el poder estadounidense. Durante el periodo que Henry Luce, fundador de la revista _Time_ , denominó «el siglo americano», conglomerados estadounidenses como Sugar Trust, organizaciones sin ánimo de lucro como la Fundación Rockefeller y agencias gubernamentales como el Departamento de Agricultura definieron las estrategias de desarrollo económico en otras partes del mundo. Este libro demuestra que, de forma sistemática, situaron el modelo de plantación en el centro de sus inversiones extranjeras y de sus programas de desarrollo económico. La globalización de la plantación, impulsada por Estados Unidos, continuó tras el fin de la Guerra Fría. Por estas razones, si bien se ha extendido por diversas regiones del planeta y otros imperios y estados-nación han construido sus economías en torno al capitalismo de plantación, para comprender su evolución y persistencia es necesario narrarla desde una perspectiva estadounidense. _In the Shadow of the Great House_ muestra cómo la plantación impulsó el desarrollo de la esclavitud y el comercio de esclavos entre los siglos XVI y XIX, y cómo, tras su desaparición, sobrevivió a la destrucción de ambos, manteniendo su posición central en el capitalismo estadounidense gracias a nuevas formas de explotación laboral racializada a finales del siglo XIX y durante el siglo XX. Este libro explica por qué seguimos lidiando no solo con el legado de las plantaciones, sino también con su continua influencia en la vida estadounidense. (…)”. _**© W. W. Norton & Company, Inc. / Daniel B. Rood**_ * * * OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera: Anaclet Pons (1 de abril de 2026). Daniel Rood: La Plantación, motor del “progreso” estadounidense. _C L I O N A U T A : Blog de Historia_. Recuperado 1 de abril de 2026 de https://clionauta.hypotheses.org/57234 * * * * * * * *

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Kenneth Morgan: La Abolición de la Trata de Esclavos en los Estados Unidos En una reseña académica, publicada en _The Journal of American History_ en 2015, Randy J. Sparks dejaba constancia de la distinta suerte que habían tenido las diferentes conmemoraciones del bicentenario de la abolición de la trata de esclavos. En 2007, Gran Bretaña debatió y lanzó una muy amplia iniciativa en ese sentido, en la que los historiadores se vieron muy solicitados. Tales eventos, con sus más y sus menos, se prolongaron todo un año y tuvieron un momento especial con un servicio nacional celebrado en la Abadía de Westminster, al que asistieron la reina Isabel y sus ministros. En contraste, Estados Unidos prácticamente ignoró su propio bicentenario de 1808. De hecho, una de las pocas conmemoraciones públicas tuvo lugar (apropiadamente) en Charleston, Carolina del Sur, que albergó un Congreso al respecto en marzo de 2007. El resultado fue _Ambiguous Anniversary: The Bicentennial of the International Slave Trade Bans,_ editado por D. T. Gleeson y S. Lewis (University of South Carolina Press, 2012). Pues bien, en ese volumen, uno de los textos más sobresalientes llevaba el título de “Proscription by Degrees: The Ending of the African Slave Trade to the United States” y lo firmaba el profesor Kenneth Morgan, autor del que sonará su _Cuatro siglos de esclavitud trasatlántica_ (Crítica). Algo más de una década después nos llega otro trabajo con título semejante, _Proscription by Degrees. The Abolition of the Slave Trade to the United States_ (Cambridge UP) -con una nueva dedicatoria al finado Trevor Burnard, al que se unen sus maestros Richard S. Dunn y Duncan J. MacLeod-. Como nos dice su autor, fue al preparar al citado capítulo de 2012 cuando se percató “de que existía una vasta cantidad de material de investigación primaria sobre el tema, pero que nunca se había investigado ni interpretado a fondo. Este libro es un intento de rectificar esa omisión analizando la abolición del comercio de esclavos en los Estados Unidos como un proceso gradual que avanzó en gran medida paso a paso a nivel de cada colonia o estado, antes de que una cláusula constitucional permitiera su desmantelamiento en toda la nación americana”. Y aclarado lo anterior, así empieza la introducción: “A lo largo de los siglos XVIII y XIX, la trata transatlántica de esclavos llevó millones de africanos a los mercados americanos, pero también se topó con serios intentos de desmantelar lo que los contemporáneos llamaban el «tráfico de Guinea», los cuales finalmente tuvieron éxito. Una a una, distintas naciones —Gran Bretaña, Dinamarca, Estados Unidos, España, Portugal, Francia, los Países Bajos y Brasil— abolieron la trata de esclavos por diversas razones. La abolición de la trata de esclavos se produjo principalmente en la primera mitad del siglo XIX por los mismos gobiernos que la habían creado. La crítica moral y humanitaria de lo que se ha descrito como «el comercio más cruel» fue un componente significativo en la motivación para erradicar la trata de esclavos. Pero siempre existieron otros factores detrás del sentimiento antiesclavista, como la economía, las decisiones políticas y las consideraciones pragmáticas, que, combinados con el abolicionismo humanitario, en proporciones variables en los diferentes países, contribuyeron a la abolición de la trata de esclavos. Así, un tema central en el análisis del fin de los distintos tipos de trata de esclavos es la variedad de métodos empleados en cada nación, ninguno de los cuales se duplicaba directamente con los demás y no todos se basaban en campañas humanitarias sostenidas. Otro tema importante en la historia de la abolición de la trata de esclavos fue que, en la mayoría de los casos —con la excepción de Dinamarca, ya que su abolición se produjo por decreto real—, fue necesario un largo período de años para generar las condiciones políticas favorables que permitieran su implementación. Proscribir la trata transatlántica de esclavos en cualquier país nunca fue tarea fácil: había demasiados intereses creados en juego y se presentaron demasiados argumentos y contraargumentos en los debates sobre el tema como para que la abolición de la trata de esclavos avanzara rápidamente. Este libro tiene en cuenta estos temas generales para investigar la abolición de la trata transatlántica de esclavos en un país, Estados Unidos, que fue un importante receptor de esclavos durante más de un siglo y medio, primero como colonia británica y luego como nación independiente. Estados Unidos puso fin a la importación de esclavos mediante una ley del Congreso que entró en vigor el 1 de enero de 1808. El proceso hasta este resultado fue largo y algo accidentado, con numerosas prohibiciones individuales de colonias y estados que lo precedieron durante varias décadas. Todo este proceso solo ha sido objeto de una monografía, escrita hace más de un siglo por un autor célebre. Se trata de _The Suppression of the African Slave-Trade to the United States of America, 1638-1870_, de W.E.B. Du Bois, publicada como el primer volumen de los Estudios Históricos de Harvard en 1896. Esta obra fue una revisión de su tesis doctoral de la Universidad de Harvard, otorgada el año anterior, el primer doctorado norteamericano sobre la trata de esclavos. Basándose en documentos como estatutos coloniales, estatales y nacionales, documentos del Congreso, informes de sociedades abolicionistas y relatos personales, Du Bois dividió su libro en siete capítulos que tratan sobre las restricciones a la importación de esclavos a las colonias británicas de Norteamérica y a los Estados Unidos antes de 1808, y cuatro capítulos que examinan la trata internacional de esclavos en relación con los Estados Unidos entre 1808 y 1870. El libro es principalmente una narración de hechos, y aún hoy es citado por académicos, como yo mismo lo hago en estas páginas. Desde la publicación de la obra pionera de Du Bois, los historiadores que estudian la abolición del comercio de esclavos en Estados Unidos han tenido acceso a numerosas fuentes nuevas. Si bien muchos investigadores han utilizado algunos de estos materiales para publicar sus hallazgos sobre diversos aspectos del tema, no existe una monografía sobre la prohibición de la importación de esclavos a Estados Unidos ni sobre sus antecedentes coloniales desde que Du Bois escribió sobre el tema. Este libro pretende ofrecer un estudio exhaustivo, basado en las fuentes utilizadas por Du Bois, pero con un alcance mucho mayor, abarcando material importante, tanto impreso como manuscrito, que no estuvo a su alcance. Así, mi estudio incluye material extraído de los documentos personales de estadounidenses que desempeñaron un papel fundamental en los movimientos hacia la abolición de la importación de esclavos; las actas de diversos órganos legislativos; peticiones y memoriales; una amplia cobertura periodística; y el material conservado en archivos abolicionistas. Estas fuentes primarias enriquecen el estudio del tema y permiten al historiador explorarlo con mayor profundidad que la que Du Bois pudo alcanzar con los materiales a su disposición. Mi marco temporal, sin embargo, difiere del de Du Bois. Como se mencionó anteriormente, él abarcó material que comprende más de dos siglos, entre 1638 y 1870. Mi estudio, en cambio, se limita al período comprendido entre aproximadamente 1700 y el edicto del Congreso que abolió la trata de esclavos en Estados Unidos en 1808. La mayor parte de la evidencia se sitúa dentro del período comprendido entre aproximadamente 1750 y 1808, cuando el tema de la abolición de la trata de esclavos se debatía con frecuencia en Norteamérica. Para el período posterior, Leonardo Marques ya analizó en detalle el material pertinente en su obra _The United States and the Transatlantic Slave Trade to the Americas, 1776–1867_ (2016) (…) A lo largo del libro se abordan varios temas. En primer lugar, se analiza el papel del abolicionismo en la obtención de las diversas prohibiciones estatales del comercio de esclavos y, finalmente, en la prohibición del mismo por el Congreso en 1808. En cada capítulo se examinan los escritos, discursos y redes abolicionistas. Su contribución al fin del comercio de esclavos se sopesa frente a las decisiones económicas, pragmáticas y políticas. También se evalúa hasta qué punto los abolicionistas establecieron redes viables para influir en las legislaturas estatales y el gobierno federal. En segundo lugar, se explica el papel de Carolina del Sur como la colonia y el estado más reacio a apoyar medidas para prohibir el comercio de esclavos, en relación con las decisiones políticas tomadas por sus legislaturas coloniales y estatales, así como con las actitudes e intervenciones de sus delegados al Congreso desde 1789 en adelante. La economía de Carolina del Sur estaba dominada por la producción y exportación de arroz cultivado por esclavos, y su sociedad se basaba en una incómoda dicotomía entre una élite de plantadores adinerados que ostentaban el control político y miles de esclavos sin derechos políticos, quienes conformaban la mayoría negra en la colonia y el estado. Estos factores dificultaron la penetración de las ideas abolicionistas en Carolina del Sur, ya que el sustento de los plantadores giraba en torno al trabajo esclavo. Un tercer tema del libro consiste en demostrar que las distintas colonias y estados siguieron diversos mecanismos para poner fin a la trata de esclavos: no existía una única vía hacia la abolición. En algunos casos, se promulgó una ley; en otros, la abolición de la trata de esclavos se incorporó a las constituciones estatales. En otros casos, se aprobaron leyes que contemplaban la emancipación gradual de los esclavos, dando a entender que el fin legal de la esclavitud también implicaría la prohibición de la trata de esclavos. Estas diferentes maneras de abordar la trata de esclavos a nivel estatal se explicarán en este libro. Un cuarto tema abarca el complejo papel del nuevo Congreso Federal en relación con la abolición del comercio de esclavos tras el inicio de sus deliberaciones en 1789. Si bien una cláusula de la Constitución de los Estados Unidos le impedía actuar sobre el comercio de esclavos antes de 1808, el Congreso desempeñó un papel importante al debatir sobre este tema y limitar el envío de barcos negreros estadounidenses a puertos extranjeros. Durante la presidencia de Thomas Jefferson (1801-1809), el Congreso cobró protagonismo en los debates sobre el comercio de esclavos a medida que se acercaba la fecha en que podría tomar medidas al respecto. La votación del Congreso en 1807 a favor del cierre del comercio de esclavos fue fundamental para la prohibición del tráfico de Guinea. (…)”. _**© Kenneth Morgan / Cambridge University Press**_ ## Autor * Anaclet Pons * * * OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera: Anaclet Pons (4 de diciembre de 2025). Kenneth Morgan: La Abolición de la Trata de Esclavos en los Estados Unidos. _C L I O N A U T A : Blog de Historia_. Recuperado 4 de diciembre de 2025 de https://clionauta.hypotheses.org/50258 * * * * * * * *

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En #ppvox son de #esclavismo

Así no me extraña que el asesino #Mazon pueda pagarse las mariscadas, no pagando a las empleadas públicas.

#Ppvox es un peligro para cada español, un peligro de verdad.

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Greg Grandin: America, América Vamos hoy con uno de los historiadores que indefectiblemente procuro que aparezcan en esta bitácora, Greg Grandin. Y su nuevo libro, como los anteriores, lo merece: _America, América. A New History of the New World_ (Penguin). La recepción, por otra parte, está siendo variada, aunque globalmente positiva, con distintos matices que van de Jennifer Szalai a Felipe Fernández-Armesto, pasando por Gerardo Cava o Patrick Iber, entre otros. A lo que hay que sumar las entrevistas que ha concedido, como en _DemocracyNow_ o _The Nation_. Añadiré que el azar ha dispuesto que este volumen coincida en las mesas de novedades con el que Santiago Muñoz Machado dedica a _De la democracia en Hispanoamérica_ (Taurus), un libro bien distinto. De hecho, ambos permiten reflexionar sobre las distintas miradas desde aquí y desde allá sobre un mismo objeto, así como sobre lo que proyectan en cuanto a “relatos nacionales”. Porque, en efecto, uno y otro -aunque sus autores representan esferas claramente distintas- hablan tanto de Latinoamérica como de sus respectivos países, España y los EE.UU. Lo tiene claro Jorge Cañizares-Esguerra, para quien la visión de Muñoz Machado es “trágica, ideológica y desinformada“. En cambio, la de Grandin ofrece “un análisis exhaustivo y magistral de 300 años de interpretaciones geopolíticas conflictivas de la soberanía y la historia angloamericanas e hispanoamericanas para arrojar luz sobre el surgimiento fortuito del derecho internacional, primero en el hemisferio y luego en el mundo”. Además, afirma, “el libro de Grandin es profundamente moral. También lo son los conceptos de la socialdemocracia latinoamericana y el derecho internacional. Y, sin embargo, ha sido el poder estadounidense, no la justicia, lo que ha moldeado este continente. “. El debate está servido. Veamos, pues, algunos párrafos introductorios: (…) ¿Quién es estadounidense? ¿Y qué es América? Estas preguntas son antiguas. «Yo, que soy estadounidense», afirmó Cotton Mather a principios del siglo XVIII. En 1821, el sacerdote católico radical Servando Teresa de Mier —nacido en el norte de México en una familia que remontaba su linaje siglos atrás a los primeros duques de Granada— también se consideraba estadounidense. Tras escapar de las mazmorras de la Inquisición, Mier había fundado una imprenta en Filadelfia para publicar libros prohibidos por España. En una carta a un compatriota revolucionario, se quejó del uso que los angloparlantes daban a la palabra «América». En realidad, había dos problemas. El primero era la constante equiparación de hispanoamericano con Sudamérica. Mier estaba cansado de señalar a sus conocidos angloparlantes que Norteamérica también era Hispanoamérica, que había más hispanohablantes en México (que en aquel entonces se extendía hasta lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos) que en toda Sudamérica. El segundo problema era que cada imperio europeo usaba la palabra América para referirse únicamente a sus posesiones coloniales o antiguas. Gran Bretaña llamaba América a Estados Unidos, España a sus colonias, Portugal a Brasil, Francia y los holandeses hacían lo mismo con sus islas del Caribe. Es como si, dijo el padre Mier, «no hubiera otra América que la que ellos dominan». «Mil errores», dijo, lamentando cómo América se fracturaba con tal uso. Todo el Nuevo Mundo es América. La confusión era natural. América, para los colonos anglosajones antes de su revolución, era tanto todo el Nuevo Mundo como su pequeña porción de ese mundo: tanto su estrecho dominio de una delgada franja de tierra entre los Alleghenies y el mar, como toda la tierra al oeste de esas montañas. En 1777, los Artículos de la Confederación nombraron al nuevo país como Estados Unidos de América, pero también lo denominaron simplemente América. A los europeos les gustaba señalar que «Estados Unidos» no era realmente un «nombre propio», sino un adjetivo añadido a un sustantivo genérico. (…) He escrito este libro no para enredarme con los nombres, sino para explorar la larga historia de disputas ideológicas y éticas del Nuevo Mundo. Los filósofos usan la expresión «crítica inmanente» para describir una forma de disenso en la que los contrincantes no desestiman la legitimidad de la cosmovisión de sus rivales, sino que los acusan de no estar a la altura de sus propios ideales declarados. Es un método útil para considerar el hemisferio occidental, ya que América Latina le dio a Estados Unidos lo que a otros imperios, formales o informales, les faltó: su propia urraca, una crítica irreprimible. A lo largo de dos siglos, cuando políticos, activistas, intelectuales, sacerdotes, poetas y baladistas latinoamericanos —todos los hombres y mujeres que vinieron después de Miranda— juzgaron a Estados Unidos, lo hicieron desde una primera premisa compartida: América era un continente redentor, y su misión histórica era fortalecer el ideal de la igualdad humana. No se puede comprender plenamente la historia de la Norteamérica anglófona sin comprender también la historia de la América hispanohablante y portuguesa. Y con esa historia, me refiero a toda ella: desde la Conquista española y el asentamiento puritano hasta la fundación de Estados Unidos; desde la Remoción de los Indios y el Destino Manifiesto hasta la conquista del Oeste; desde la esclavitud, la abolición y la Guerra de Secesión hasta el surgimiento de una nación de extraordinario poder; desde la Primera Guerra Mundial hasta la Segunda; desde la Doctrina Monroe hasta la Sociedad de Naciones, las Naciones Unidas y más allá. Y lo contrario también es cierto. No se puede contar la historia del Sur sin la del Norte. Pero _America, América_ es más que una historia del hemisferio occidental. Es una historia del mundo moderno, una indagación sobre cómo siglos de derramamiento de sangre y diplomacia estadounidense no solo moldearon las identidades políticas de Estados Unidos y Latinoamérica, sino que también dieron origen a la gobernanza global: el orden internacional liberal que hoy, según muchos, se encuentra en crisis terminal. El libro comienza con la Conquista. La asombrosa brutalidad que España, en las primeras décadas del siglo XVI, infligió a los pueblos del Nuevo Mundo conmocionó al ámbito católico —el ámbito europeo—, lo que condujo a una reforma dentro del catolicismo, una disidencia tan trascendental como la de Lutero. La Iglesia católica se proclamaba universal, agente de la historia humana y portadora de la _humanitas_ , de toda la sabiduría del mundo. ¿Y qué había forjado esa sabiduría? Una carnicería sin precedentes. La matanza, que inauguró lo que los estudiosos consideran uno de los mayores eventos de mortalidad en la historia de la humanidad, obligó a los teólogos a considerar con renovada atención las afirmaciones católicas de universalismo. Muchos de estos clérigos terminaron defendiendo el dominio español, no tanto deshumanizando a los pueblos nativos de América como negándose a admitir su condición humana. Quienes murieron por la lanza española o por enfermedades europeas eran de una clase inferior a la de quienes vivían en Europa: defectuosos, no tocados por lo divino, sino resurgiendo del lodo. Se permitió su despojo y esclavización. Otros disintieron —el primero de ellos el padre Bartolomé de las Casas— al darse cuenta de que lo que antes se había llamado universal era solo provinciano, que Europa era solo un fárrago de feudos cuyos príncipes y sacerdotes ignoraban la plenitud del mundo, nada de sus millones hasta entonces desconocidos. La disidencia de estos teólogos y juristas ha resonado a lo largo de los siglos. La Inglaterra protestante prestó atención a los interminables debates españoles, a los frailes católicos que insistían en la humanidad de los pueblos del Nuevo Mundo, y se preguntaban si podrían asegurar sus asentamientos, en Jamestown y Plymouth, con principios más defendibles. No pudieron. Optaron por la evasión. Luego llegó la Era de las Revoluciones, cuando el Nuevo Mundo se independizó del Viejo. Estados Unidos lo hizo primero: una república en solitario, como muchos de sus líderes imaginaron, un «imperio anglosajón en el desierto». Las naciones hispanoamericanas, en cambio, surgieron colectivamente, un conjunto de repúblicas, una liga de naciones ya constituida. Tuvieron que aprender a convivir para sobrevivir. Y en gran medida lo lograron, con sus intelectuales, abogados y estadistas elaborando un cuerpo único de derecho internacional: doctrinas, precedentes y protocolos orientados no a regular, sino a proscribir la guerra, no a arbitrar conquistas, sino a abolirlas por completo. Pero ¿cómo contener a Estados Unidos? La primera república del hemisferio parecía más una fuerza de la naturaleza que una entidad política. Más de uno de sus fundadores afirmó no ver límites a su crecimiento, que una vez que expulsaran a los nativos más allá de las montañas rocosas, pronto llenarían América del Norte y del Sur de sajones. ¿Qué hacer con una nación dinámica que se creía tan universal como el cristianismo, que encarnaba el espíritu de la historia universal? Lo que hicieron los americanos españoles y portugueses fue actualizar las críticas dirigidas previamente a España durante la Conquista y dirigirlas a Estados Unidos. Con ello, desencadenaron una revolución en el derecho internacional. (…) _América, América_ argumenta que la rivalidad entre urracas del Nuevo Mundo, su crítica inmanente, jugó un papel vital en la creación del mundo moderno, moldeando su economía, política y moralidad. Los colonos protestantes que colonizaron Norteamérica, seguidos por los republicanos que la revolucionaron, vieron a Hispanoamérica no como un extraño, sino como un competidor, un contendiente en una lucha épica por definir un conjunto de ideales nominalmente compartidos, pero en realidad controvertidos: cristianismo, libertad, derecho, soberanía, propiedad, igualdad, liberalismo, democracia y, sobre todo, el significado mismo de América. “América para América”, dijeron los líderes de Washington mientras intentaban forjar su relación con las nuevas naciones del hemisferio de una manera que, como sugirió _North American Review_ , era similar a la de Londres con la India. “América para la humanidad”, respondieron los latinoamericanos”. _**© Penguin Books Ltd. / Greg Grandin**_ * * * OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera: Anaclet Pons (8 de mayo de 2025). Greg Grandin: America, América. _C L I O N A U T A : Blog de Historia_. Recuperado 8 de mayo de 2025 de https://clionauta.hypotheses.org/43532 * * * * * * * *

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"Los nombres de las calles, lo visible y lo invisible"

#Cantabria #esclavismo #historia #negreros #urbanismo #franquismo

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Los nombres de las calles, lo visible y lo invisible - Unos cuantos textos Hace años, en Nantes, me sentí un poco culpable por preferir que no cambiaran los nombres de las calles bautizadas en honor de los negreros que impulsaron el progreso de la ciudad. La corporación muni...

"Los nombres de las calles, lo visible y lo invisible"

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Meaning of #esclavismo It is a cultural, social, political and, above all, economic system based on the use of slaves as cheap labor to generate development and wealth. There are also more specific variants such as the business of sexual slavery. See suffix -ism.. esclavismo

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Significado de #esclavismo É um sistema cultural, social, político e, sobretudo, econômico baseado no uso de escravos como mão de obra barata para gerar desenvolvimento e riqueza. Existem também variantes mais específicas, como o negócio da escravidão sexual. Ve.. esclavismo

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Significado de #esclavismo Es un sistema cultural, social, político y, sobre todo, económico basado en el uso de esclavos como mano de obra barata para generar desarrollo y riqueza. También existen variantes más específicas como el negocio del esclavismo sexual. V.. esclavismo

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