Mi relación con la fotografía nació en la infancia, de la mano de mi padre. Recuerdo pasar horas en su laboratorio, observando cómo la imagen aparecía poco a poco sobre el papel. Para mí, aquello era magia. A los veinte años tomé su cámara por primera vez. Comencé fotografiando a mi familia, a mis amigos, a las celebraciones cotidianas. Me atraía el blanco y negro, su capacidad de contar sin distraer. Con la llegada de mi primera cámara digital todo cambió. La libertad de disparar sin miedo al error me permitió experimentar más, aprender y construir mi propio archivo.
La mirada de esta semana nos llega desde Aoiz.
@tereleache
Mi relación con la fotografía nació en la infancia, de la mano de mi padre. Recuerdo pasar horas en su laboratorio, observando cómo la imagen aparecía poco a poco sobre el papel. Para mí, aquello era magia. A los veinte años tomé su cámara por primera vez. Comencé fotografiando a mi familia, a mis amigos, a las celebraciones cotidianas. Me atraía el blanco y negro, su capacidad de contar sin distraer. Con la llegada de mi primera cámara digital todo cambió. La libertad de disparar sin miedo al error me permitió experimentar más, aprender y construir mi propio archivo.
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Mi relación con la fotografía nació en la infancia, de la mano de mi padre. Recuerdo pasar horas en su laboratorio, observando cómo la imagen aparecía poco a poco sobre el papel. Para mí, aquello era magia. A los veinte años tomé su cámara por primera vez. Comencé fotografiando a mi familia, a mis amigos, a las celebraciones cotidianas. Me atraía el blanco y negro, su capacidad de contar sin distraer. Con la llegada de mi primera cámara digital todo cambió. La libertad de disparar sin miedo al error me permitió experimentar más, aprender y construir mi propio archivo.
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Mi relación con la fotografía nació en la infancia, de la mano de mi padre. Recuerdo pasar horas en su laboratorio, observando cómo la imagen aparecía poco a poco sobre el papel. Para mí, aquello era magia. A los veinte años tomé su cámara por primera vez. Comencé fotografiando a mi familia, a mis amigos, a las celebraciones cotidianas. Me atraía el blanco y negro, su capacidad de contar sin distraer. Con la llegada de mi primera cámara digital todo cambió. La libertad de disparar sin miedo al error me permitió experimentar más, aprender y construir mi propio archivo.
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Mi relación con la fotografía nació en la infancia, de la mano de mi padre. Recuerdo pasar horas en su laboratorio, observando cómo la imagen aparecía poco a poco sobre el papel. Para mí, aquello era magia. -Tere Leache-
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